Mi papá, el apocalipsis y yo


Siempre me gustaron las películas apocalípticas.

Quizás por los distintos escenarios que plantean, donde sabes que los protagonistas tienen que pasar por situaciones complejas, en algunos casos precarias, pero al final la especie humana logra persistir. En parte por imaginarme en ellas y ver cómo los más grandes símbolos de poder se caían y al final todos terminaban en una condición de equidad un poco darwinezca, pero al fin y al cabo, sin el ego habitual que nos rodea. Luchando por lo mismo, por vivir, sin tanto adorno.


Incluso recuerdo que, cuando mi papá se encontraba internado en el hospital, tuvimos una de las pocas charlas de adulta que alcancé a tener con él, sobre el libro “Apocalipsis 2012” de Laurence Joseph. Recuerdo él en su camilla, yo en la silla de acompañante, él carente de plaquetas que lo defendieran de cualquier ataque microscópico, yo con un tapabocas incómodo que no me permitía sonreírle para alentarlo. Igual creo que me lo quitaba de vez en cuando, solo para que él se diera cuenta de mi genuina alegría de verlo y de mis sonrisas por sus chistes malos, que igual le correspondían solo a él.


Hablábamos de cómo el volcán oculto del parque Yellowstone hacía erupción y toda la faz de la tierra quedaba entre cenizas. Nos imaginábamos lo terrible que sería, la crisis alimentaria por la falta de sol en los cultivos, lo que harían las personas en su estado de desesperación y sobre cómo nos sentiríamos nosotros ante el peligro. Creo que al final de esa conversación terminamos con un abrazo, mirándonos con cara de cómplices, como si hubiéramos tenido el permiso de destruir al mundo, al mundo humano en un segundo y salir sobrevivientes de ello…así como en las películas. (Para el 2012 ya mi papá se había muerto y yo estaba borracha en una fiesta que nos inventamos con unos amigos, llamada “la bacanal del fin del mundo).


< Papá, si estuvieras vivo, nuestro abrazo reconfortante sería peligroso en el 2020…ahora está prohibido, por sentido común, tener muestras de afecto físicas. A tus 72 años tendrías que quedarte encerrado y te pondría en riesgo si te abrazo. Seguramente eso lo superaríamos y el encierro de la cuarentena tampoco sería un problema, porque vivirías para leer noticias e informarnos de todo lo ocurrido. Estarías con tu calma habitual pero un poco preocupado, con el disimulo que tu inteligencia podía otorgar a tu cuerpo>.


Si mi papá viviera, seguramente estaríamos jugando de nuevo a ser los directores de la película catastrófica, pero con ganas de que nuestros roles actorales, terminaran en el grupo que sobrevivía para contar la historia. Estamos como los actores de las películas, pero no sabemos en qué va a terminar. La gente no sabe hasta qué grado preocuparse, si mucho o poquito, o si sonreír y ser positivos, o si ir locamente a abastecerse de todo el papel higiénico de un supermercado…verdad que ya lo hicieron. Todo esto me produce ansiedad, no lo del papel higiénico, sino las reacciones humanas en sí. Soy humana y no nos entiendo.


Venía hace años pensando y aseverando que la crisis ecológica sería terrible en un futuro y que estaría viva para cuando pase el colapso, que tendría que ver la escasez, la falta de agua, la desesperación. Creo que me lo repetí tanto, que es como rezar el “padre nuestro” en misa... una retahíla sin sentimiento, que fluye al son del susurro de los otros, pero sin sentimiento, emoción… no conecté sino hasta esta semana.


Con mi papá lo hablamos en esa charla apocalíptica que tuvimos …pero siempre imaginar y teorizar es más fácil que estar en medio de una crisis real. Me siento en el medio de una que parece puede terminar pronto… y concluyo que no quiero estar para esa grande crisis que viene, la ecológica. La gente está asustada porque en su accionar a corto plazo, sabe que si sale, el contagio de coronavirus puede ser letal para otros… o para nosotros mismos.


Reaccionamos a corto plazo, ese es el tema, pero no a la predicción científica de lo que va a pasar en menos de 50 años, sobre nuestro mundo humano. Yo esperaba un meteorito, un ultramegasúper volcán, quizás extraterrestres, un mundo zombie… y esta cosita pequeña, mediática, me abrió los ojos a que lo que hacemos ambientalmente tiene que ser de conocimiento y reacción igualmente exponencial. Porque la crisis real, la que está tocando la puerta desde hace décadas, ya quiere pasar.


Ojalá nos movamos con el mismo ímpetu y la misma unión para todo lo que falta por hacer. Se que de esta vamos a salir, con esfuerzo, pero vamos a salir. No se si de la ambiental…espero que sí.


PD: Qué curioso… mi papá tenía una enfermedad llamada púrpura trombocitopénica, una cosa rara que le quitaba sus glóbulos blancos y lo hacía parecer el centro de un tablero de dardos para enfermedades. Sin defensas, todo entra, todo ataca. Por fuera parecía sano, como si no le pasara nada, pero todo podía pasar de un momento a otro. El cuerpo de mi papá parece el mundo actual, no solo por la panza redonda llena de cicatrices e imperfecciones bellas, como nuestro planeta, sino porque no tenía defensas.


Al final no hubo poder humano, que lo defendiera de la neumonía que le abrió la puerta al cielo, pero siento que nuestro mundo sí tiene gente que lo busca defender…quizás logremos hacer algo. Somos nosotros la misma vacuna, que nuestro mundo humano necesita para sanar.


Tatiana Onzaga Barreto


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